Así tomaban el café nuestros abuelos y así lo tomamos ahora

, 6 de noviembre de 2017

Arrancar el día con el olor a café recién hecho es ya un hábito cotidiano que ha pasado de generación en generación. Tú solo tienes que pulsar un botón en tu cafetera expreso para disfrutar de tu taza perfecta pero, ¿sabes cómo tomaban el café tus abuelos? Hoy echamos la vista atrás para recordar cómo era tomar café en un tiempo en el que el café escaseaba y las cafeteras automáticas eran solo un sueño de ciencia ficción.

Antes de las cafeteras: el café de olla o de puchero

Si preguntas a tus padres o a tus abuelos por cómo recuerdan las mañanas en casa, seguro que les viene a la memoria el aroma a café recién hecho. Desde que se hizo popular en Europa, a los españoles nos encanta tomar café y ya no concebimos el desayuno sin él, aunque no tengamos nada más que llevar al estómago para arrancar la jornada.

Hoy en día mucha gente se salta el desayuno por falta de costumbre o por las habituales prisas, pero pocos son capaces de salir de casa sin su café. Hubo una época en la que desayunar era vital para aguantar con energía las duras jornadas de trabajo, pero si apenas había nada que llevarse a la boca el café era algo que no podía faltar.

La cafetera moka italiana hoy nos parece vintage pero nuestros abuelos tendrían que esperar mucho para poder tener una. Nada de infusión por presión, antiguamente lo habitual era el café de olla, también llamado de puchero o de pote. Se ponía una olla con agua a hervir en el fuego, se añadía café molido grueso y se colaba la infusión a través de un paño fino.

Podía servirse tal cual o pasarse a un recipiente de servicio, una jarra de barro esmaltado o una primitiva cafetera de cerámica o de vidrio. Cuando se reunían muchos miembros de la familia o grupos de amigos era frecuente pasar el café a otra olla limpia para mantenerlo caliente al fuego, y si había suerte, se acompañaba de licor y dulces caseros.

Las cafeteras de nuestros abuelos

¿Apretar un botón y que en apenas unos segundos una máquina muela los granos y sirva un café de película? En los tiempos de nuestros abuelos habría parecido ciencia ficción. Porque antiguamente el ritual cafetero era otra cosa, más acorde a una época en la que los ritmos de vida eran diferentes y había que tener mucha más paciencia en todo.

Las primeras cafeteras que se ponían directamente al fuego, sobre la lumbre o gas, eran metálicas, de peltre. Al estilo de las que hoy usamos en hornillos de camping, las más modernas llevaban filtro incorporado -¡menudo avance!-. Eran normalmente altas, con caño recto y esmalte vitrificado, como las típicas de color rojo que hoy se usan como decoración vintage.

Pero el café había que molerlo, y para ello no podía faltar en cada casa un molinillo manual. Los primeros eran de madera, muy bonitos a nuestros ojos pero que daban un molido de los granos difícil, algo grueso y poco regular. El resultado era un café muy intenso y oscuro, que se solía tomar con leche calentada también al fuego. Por supuesto, leche fresca y entera.

El ingenio y los recursos frente a la escasez

Hoy tenemos la suerte de poder escoger entre una enorme variedad de granos de café de diferentes orígenes. Las tiendas especializadas nos ofrecen un amplísimo catálogo con especialidades de todo el mundo, ediciones limitadas y referencias dignas del mayor gourmet. Con un solo click recibiremos en casa nuestro café a la carta para personalizar al detalle nuestro perfect serve.

¿Y si el café se convirtiera en un producto escaso de lujo, desapareciendo de las tiendas? Es lo que ocurrió en España durante la posguerra. El país vivió una profunda crisis económica y social en la que escasearon los productos más básicos, y fue cuando entraron en juego las cartillas de racionamiento. Cada persona tenía derecho a una pequeña cantidad de café al mes, y a veces ni eso.

El ingenio se puso en marcha y la gente exprimía al máximo lo poco que tenía. Si no llegaba café, se compraba de estraperlo, y si tampoco se podía recurrir al mercado negro, había que contentarse con sustitutos alternativos. Cualquier cosa valía para preparar una taza que calentara el estómago, y así surgieron “cafés” de algarroba, cebada, malta o, el más popular, de achicoria.

Durante muchos años el café seguía siendo escaso y llegaba mal conservado, y eso, como ya sabemos, trajo un mal que ha permanecido hasta nuestros días, el café torrefacto. Pero claro, en aquella época el torrefacto llegó como la salvación para quienes llevaban tanto tiempo sin probar café de verdad, aunque estuviera quemado. Hoy ya deberíamos haberlo superado.

Las cafeterías de antaño, centro de la vida social

Antes de la guerra civil las cafeterías se popularizaron por las grandes capitales, especialmente Madrid y Barcelona. Al estilo europeo, el café se convirtió en el gran centro de la vida social, lugar de reunión y tertulia, donde pasarse horas conversando sobre literatura, política, arte, o lo que se terciara.

Cuando la situación económica empezó a recuperarse, nuestros abuelos heredaron la costumbre del café de toda la vida, ese local en el que el camarero conoce a toda la clientela y te espera con tu café preparado como a ti te gusta. El café solo bien cargado del desayuno, con sus churros o su tostada de aceite, el carajillo para después del almuerzo o el café con leche de las meriendas.

Las cafeteras de hoy, tecnología de auténtico lujo

Imagina ahora que para preparar tu café en casa tuvieras que pasar por todas las vicisitudes de tus abuelos, teniendo que moler a mano los granos, encendiendo la lumbre, esperando a que hierva el agua y a que infusione, colándolo usando un paño fino… Y teniendo que calentar la leche aparte, claro. ¿Tendrías tiempo cada mañana para disfrutar de tu taza?

Por suerte los tiempos cambian y la tecnología ha avanzado mucho. Hoy podemos tener en apenas unos instantes un café perfecto, a nuestro gusto, como si nos lo sirviera un barista italiano, con solo pulsar un botón. Una cafetera automática como la Saeco Xelsis es un verdadero lujo en la innovación más avanzada, con el que nuestros abuelos ni se atreverían a soñar en su época.

Puede que hoy nuestra cafetería favorita tenga baristas en lugar de camareros, y que ya no pidamos un cortado porque preferimos un latte. Desterramos el torrefacto y hacemos catas de café para que nuestra cafetera automática nos prepare un capuccino perfecto, incluso con leche de soja. Pero una cosa no ha cambiado desde los días de nuestros abuelos: nos sigue apasionando el café.

Fotos | iStock.com/ShaiithElijah-LovkoffBaramee TemboonkiatMaxRastello  – Miquel C.

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