Cosas que hacía con el primer hijo que dejé de hacer con el segundo

, 20 de mayo de 2016

hermanos

Cuando nace tu primer hijo le tienes como en una burbuja, ante cualquier lloro acudes rauda y veloz, te preocupas por cada décima de fiebre y por cada tos, en cambio, cuando nace el segundo la cosa cambia muchísimo. No es que al segundo le quieras menos, ni mucho menos, a él también le adoras y aprendes a compartir el tiempo entre tus dos angelitos, pero desde luego te complicas menos la vida. Este es el tipo de cosas que hacía con el primer hijo que dejé de hacer con el segundo:

Mientras que con el primero si el chupete se caía al suelo corrías a esterilizarlo al instante, y además lo limpiabas una vez al día como mandan todas las lecturas sobre hijos, con el segundo, pues lo limpias como puedes, con algo de agua y listo. Seguro que así se inmuniza mejor y crea antes defensas.

Con el primero el baño era todo un ritual: necesitabas cuatro manos para poder bañarle, vigilabas atentamente la temperatura del termómetro hasta que llegaba a exactamente a 37,5 grados, y cuando terminabas el baño, parecía que el Titanic había resurgido de las aguas en tu cuarto de baño del lío que habías montado. Con el segundo, eres capaz de bañarle con una sola mano al mismo tiempo que lavas al primero y con la mitad de agua.

Poco antes de dar a luz del primero lavé toda su ropa con jabón suave, para que antes de estrenarla estuviera perfectamente limpia y libre de productos químicos y tintes que pudieran dañar la delicada piel del bebé. Pero el segundo, la poca ropa que ha estrenado se la ha puesto directamente recién comprada. ¡Por lo menos le quité las etiquetas! ¿Y sabéis qué?, no le ha pasado nada a su piel.

En cuanto a las comidas, con el primero estuve haciendo purés de frutas y verduras durante meses, qué digo, años, mientras que el segundo ha ido probando de la comida del mayor y comía plátanos, peras y demás comida sólida al de poco de empezar con la alimentación complementaria.

Igual por eso los segundos son más independientes, más pillos, se saben buscar mejor la vida, no son más inteligentes pero sí más listos, eso sí, consiguen que nos preguntemos lo mismo que con el primero: ¿cómo es posible que ahora quiera tanto a alguien tan pequeño?

Foto | Pixabay

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