Cómo eran los días de playa antes de tener niños y cómo son ahora

, 2 de agosto de 2016

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Este artículo está basado totalmente en hechos reales. Antiguamente, en mi época pre-niños, ir a la playa era un momento relajante, para disfrutar del sol, de la brisa del mar y no hacer nada. Me encantaba pasear por la orilla, leer un libro tranquilamente, darme largos baños en el mar. Pero ahora con niños los días de playa cambian totalmente.


Antes, no tenía nada más que meter en el capazo de playa que un pequeño neceser con protección solar y un pareo a juego con mi bikini. Ahora mi bolsa de playa no da a basto para recoger todo tipo de trastos infantiles: palas, rastrillos, gorras de sol, manguitos, flotadores, más algo de comer para todos. Además, está científicamente comprobado que nunca vuelves con todos los juguetes con los que acudes a la playa, siempre pierdes alguno o también puede suceder que te das cuenta de que has metido por error la pala que tenía la niña de la toalla de al lado.

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Tu mayor estrés cuando estabas en la playa era cronometrar el tiempo de vuelta y vuelta en la toalla para conseguir un bronceado perfectamente uniforme, en cambio, con niños lo más probable es que solo broncees tu espalda porque te pasas todo el día de rodillas haciendo castillos, pozos y túneles.

La playa era el momento ideal para ponerte al día de todos los cotilleos en la Revista Cuore y comentar con las amigas los más jugosos o también, terminar ese best seller que todo el mundo te ha recomendado. Pero ahora, puedes dar gracias al cielo si consigues hacer una lista mental de la próxima compra de la semana.

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Antes, volvía de la playa prácticamente como había ido, con un poco de arena que se sacudía fácilmente. Pero con niños, eso resulta totalmente imposible. Lo más probable es que se te suban encima justo cuando acabas de darte la crema para que se te quede toda la arena pegada, que siempre pasen por encima de tu toalla cuando está recién sacudida y que su sitio favorito para descansar sea encima de ti. Lo que hace que termines el día de playa más rebozada que una croqueta. Por no hablar de que, a la vuelta a casa, entre tu toalla, tu capazo y los niños habéis traído tal cantidad de arena como para acabar con los mayores arenales de la península.

Tu mayor preocupación en la playa en los días de soltería era si el socorrista te ponía ojitos o si el chico que te gustaba había ido o no a la playa, mientras que ahora, ir a la playa significa vivir momentos de tensión constante, por si el niño se pierde entre tanta gente o si se mete en el agua sin que tú te des cuenta. Porque siempre aprovechan que estás mirando a otro lado para cometer alguna travesura.

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Los grupos que van sin niños apenas hacen ruido en la playa (salvo que pongan la música a tope), pero las familias con niños pequeños aumentan los decibelios de la playa al doble y no son precisamente los niños los que más ruido hacen, sino los padres que chillamos intentado evitar alguna catástrofe: “¡Te he dicho millones de veces que no pegues a tu hermano!“, “¡No te metas al agua que aún no has hecho la digestión!” “¡Haz el favor de dejar de tirar arena a los vecinos de toalla!” y así todo el día. Normal que siempre vuelva de la playa con dolor de garganta.

Menos mal que, por otro lado, ir con niños a la playa puede ser muy divertido si nos animamos a jugar con ellos y volvemos a convertirnos en aquellos que saltaban las olas, que se pasaban el día entero a remojo dentro del mar y que construían castillos increíbles.

Fotos | Pixabay1, Pixabay2, Pixabay3 , Pixabay4

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